*El tianguis sabatino y las calles del Centro Histórico de Tlaxcala se llenan de aromas, colores y tradición para celebrar el Día de Muertos.
Nayeli Vélez
Tlaxcala, Tlax.- El ambiente se inunda con el aroma del incienso y el copal que emanan de los pequeños sahumadores dispuestos en la vendimia local.
Calaveritas de azúcar, chocolate y amaranto se alinean en largos túneles de dulce en el tianguis sabatino de Tlaxcala, donde sus encendidos colores y rostros sonrientes anuncian el inicio de una temporada que celebra a la muerte y la honra como ese tránsito entre lo terrenal y lo etéreo. Entre frutas, dulces, ceras y papel picado se dibuja una postal única de esta tradición viva.
En la tierra de la tortilla de maíz, el Día de Muertos es, lejos de la solemnidad, una época vibrante del año.
Las calles del Centro Histórico se visten con el vaivén del papel picado al viento, mientras los portones lucen frondosos ramos de cempasúchil y adornos alusivos a la fecha en que los vivos, según la tradición, comparten nuevamente con sus seres queridos que han trascendido a otro plano espiritual.
Llamados por el aroma de la flor de muerto y la luz titilante de las velas, los difuntos cruzan ese umbral místico para volver, por un instante, a nuestro mundo.
Los adornos y los grandes motivos con rostros de catrinas y catrines se exhiben orgullosos en la ciudad, recordando que hay tradiciones que, paradójicamente, se niegan a morir, como la fiesta brava.
Los tlaxcaltecas viven y esperan esta temporada con entusiasmo singular. El lugar donde la tradición se siente con mayor fuerza es el tianguis sabatino, donde las familias se preparan con días de anticipación para reunir todos los elementos que marca la costumbre y comenzar el montaje de sus altares.
Canastos, chiquehuites, ceras de todas formas y tamaños, dulces típicos como la calabaza en tacha, los higos cristalizados, las calaveritas y el pan de muerto cubierto con ajonjolí tostado llenan de sabores, aromas y colores cada rincón de la ciudad. Entre estos elementos que evocan los altares de profundas raíces prehispánicas, también se entremezclan los ecos de la modernidad: disfraces, máscaras y personajes de la cultura popular que aprovechan estos días para recorrer las calles y arrancar sonrisas o sustos a los transeúntes desprevenidos.
Así, entre lo antiguo y lo nuevo, Tlaxcala celebra la vida a través de la muerte. En cada vela encendida, en cada flor encendida de cempasúchil, late la memoria de quienes se fueron, y con ella, la certeza de que en esta tierra, recordar también es una forma de vivir.











